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Ser feliz puede ser complicado

Es comprensible que haya gente que quiera ser más feliz. Con el fin de encontrar la felicidad, numerosos libros de autoayuda nos dirán exactamente qué hacer, cómo hacerlo y con qué frecuencia hacerlo. No obstante, la felicidad puede ser un objetivo difícil de alcanzar.

Los investigadores han descubierto que sobrevalorar la felicidad puede ser autodestructivo, ya que cuanto más valoras la felicidad, más probable es que experimentes decepciones cuando no estés contento (Mauss, Tamir, Anderson y Savino). Las personas que valoran mucho la felicidad pueden establecer estándares que son difíciles de lograr, y cuando no pueden obtener los estándares que ellos mismos se han establecido, es probable que se sientan decepcionados y frustrados (Mauss et al).

Por lo tanto, en el caso de buscar la felicidad, estos investigadores concluyen que las personas pueden sentirse peor de lo que desean, y que valorar o sobrevalorar la felicidad puede conducir a ser menos feliz, incluso si la felicidad está a tu alcance.

Que pienses que debes o puedes ser más feliz puede depender de una evaluación subjetiva de lo que la felicidad es para ti. Lo que define la felicidad difiere entre las personas. Por ejemplo, la forma en que medimos nuestra propia felicidad en relación con los obstáculos que enfrentamos actualmente puede estar influenciada por nuestra cultura y estatus socioeconómico. Ser privilegiado puede interferir en la felicidad en lugar de protegerla. Si creciste con tus necesidades satisfechas porque tu  familia tenía dinero, estatus o poder, es probable que tu percepción de influencia interpersonal y capacidad de controlar tu entorno sea mucho mayor que la de un compañero cuya familia tenía un bajo nivel socioeconómico y por lo tanto aprendió a adaptarse a las circunstancias (Cohen, 2009; Snibbe y Markus, 2005).

Cuando los deseos no son satisfechos y el potencial de decepción es alto, las personas de alto nivel socioeconómico que han aprendido a valorar el control y un sentido de agencia, tienden a ser más molestos que las personas de una cultura de bajo nivel socioeconómico, quienes valoran la flexibilidad, la integridad y la resiliencia (Cohen, 2009, Snibbe y Markus, 2005). Por lo tanto, dependiendo de la perspectiva, no obtener lo que uno quiere puede traducirse en frustración y decepción, o puede ser una oportunidad de emplear habilidades de adaptación.

Principalmente en la cultura occidental, las emociones que son alentadoras como la alegría, el gozo, la diversión o el júbilo, se consideran positivas y se asocian con el éxito individual, la buena salud y la autoestima. Aunque los occidentales pueden asumir que todas las personas deben esforzarse por experimentar una emoción más positiva en sus vidas, esto puede no ser el caso para otras culturas, según los investigadores Janxin Leu, Jennifer Wang y Kelly Koo (2011). Éstos señalan que en muchos contextos culturales asiáticos la felicidad puede estar asociada con consecuencias sociales negativas como los celos. El objetivo puede ser la moderación de la emoción positiva, en lugar de la maximización.

Los investigadores descubrieron que la cultura marca una diferencia en el papel que desempeñan las emociones positivas en la salud mental y que estas emociones positivas pueden no serlo tanto para los asiáticos. Por lo tanto, la moderación emocional mediante el equilibrio positivo-negativo puede ser un objetivo cultural en contextos asiáticos, pero en contextos occidentales maximizar las emociones positivas puede ser una meta.

Nuestra capacidad de abrazar la felicidad puede ser influenciada por la percepción de nuestro propio bienestar en relación con los demás. Si creemos que el destino nos ha sido más favorable, o fue a expensas de otros, podemos sufrir de “síndrome o culpa del superviviente” que puede impedirnos aprovechar las oportunidades o llevarnos al castigo con sentimientos vergonzosos, crear incapacidad para disfrutar una relación, o causar una expectativa ansiosa de algo malo (Weiss, 1993). Por otro lado, un niño que crece con circunstancias familiares infelices puede mantener esa infelicidad como un adulto por lealtad a su familia, posiblemente desarrollando síntomas después del éxito o un evento que active su felicidad (Weiss, 1993).

Aunque la felicidad no es una emoción, las distintas emociones elevadoras del estado de ánimo que implican además una oleada de placer y una mayor motivación son consideradas un estado de felicidad. Las emociones que crean felicidad difieren en términos de cómo se experimentan, sin embargo, tienen una expresión facial similar: una sonrisa (Ekman, 2003). La activación de cualquier emoción que tenga una capacidad de elevar el estado de ánimo nos llevará a ser felices, al menos momentáneamente. En cualquier caso, es importante recordar que los esfuerzos por experimentar sólo las emociones felices pueden ser equivocados ya que, al igual que todas las emociones, las felices sirven a un propósito evolutivo y existen para ayudarnos. Si fuéramos felices todo el tiempo, puede que perdiéramos la información que es proporcionada por otras emociones como la ira, la envidia, la vergüenza o la ansiedad. Sin embargo, para diferenciar algunas de las emociones felices, describiremos brevemente las de la elación, el regocijo, el alivio, la alegría, la dicha y la diversión.

Un acontecimiento que cumple una fantasía personal acerca de la posibilidad de que algo asombroso ocurra, provocará la elación: experiencia de la irrealidad, euforia y confianza que es extraordinariamente energizante y hace que desees transmitir las buenas noticias (DeRivera, Possell, Verette, Weiner). En contraste con la elación, la emoción del regocijo se crea por un deseo menos intenso que se cumple, y se experimenta como relajación y alivio (DeRivera, et al., 1989). Pero el alivio en sí mismo se considera una emoción feliz o positiva. El alivio se siente cuando algo que nos ha provocado fuertes emociones desaparece (Ekman, 2003). Estamos familiarizados con la expresión común de alivio, un suspiro, que parece sugerir que todo lo que ha impactado en nosotros lo dejamos salir en una respiración profunda. La emoción de la alegría implica situaciones en las que nuestro corazón se siente “abierto” y tenemos un mayor cuidado por los demás que parece afirmar el significado de la vida (DeRivera, et al., 1989). La alegría se puede sentir en una situación que percibimos como una experiencia única y placentera compartida, ya que a menudo se acompaña de sentimientos de vigor, fuerza y ​​disposición para participar en interacciones interpersonales (DeRivera, et al., 1989; Frija, 1986). Es probable que experimentes alegría cuando veas a un pariente querido que no has visto en mucho tiempo. Sin embargo, es posible que las conexiones religiosas o espirituales, que no involucren a otras personas vivas, puedan provocar también alegría. Una oleada de placer extremo se siente cuando la emoción de la dicha se activa. Este estado de rapto en el que se trasciende a sí mismo se considera una experiencia intensa. La dicha se siente a menudo como amor, placer sensorial o sexual, alta excitación, o un estado meditativo (Ekman, 2003). Cuando un estado dichoso se experimenta con alguien que amas, el deseo y la necesidad de recrearlo puede ser intenso. Finalmente, la diversión es la emoción que se siente en respuesta a algo gracioso o en reacción a otros asuntos que tienen una calidad humorística (Ekman, 2003).

Es posible que deseemos utilizar estas emociones para ser más felices, pero cualquier cosa que hagamos puede no marcar la diferencia, especialmente teniendo en cuenta la investigación sobre la existencia de un “punto de referencia” particular para la felicidad, enfatizando su estabilidad en el tiempo a pesar de influencias externas y que subraya las contribuciones genéticas. En la actualidad, existe controversia sobre si existe o no un punto de referencia determinado para la felicidad (ver, Diener & Fujita, 2005). Sin embargo, se dice que las actividades intencionales contribuyen o influyen en el nivel subjetivo de felicidad (véase Sheldon & Lyubomirsky, 2006).

Dada la posibilidad de que el nivel de felicidad esté abierto a la influencia, numerosos estudios intentan encontrar las actividades que la generan. Las investigaciones recientes sobre lo que hace a las personas más felices ha señalado cosas como usar ropa que nos quede bien y mejore nuestra figura  (Fletcher & Pine, 2012), ver películas trágicas con historias de amor eterno que pueden evocar la felicidad ayudándote a apreciar tus relaciones cercanas (Knobloch-Westerwick, Gong, Hagner, & Kerbeykian, 2012), practicar el pensamiento optimista visualizando tu mejor ser futuro posible o expresando gratitud a través de la escritura (Lyubomirsky, Dickerhoof, Boehm y Sheldon, 2011).

Los investigadores descubrieron que las experiencias positivas y el esfuerzo continuo sin duda marcan la diferencia impulsando el bienestar cuando los implicados son informados acerca de la intervención de la felicidad, la respaldan y están comprometidos con ella.

Ser feliz, requiere de esfuerzo.
 
 

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